Overwatch, el diseño contra el arte

Es fácil distinguir dos corrientes bien diferenciadas a nivel creativo cuando hay que concebir algo.

Una tiene el diseño como elemento principal y busca el acto creativo como medio para lograr una solución que seduzca a posibles compradores. Es un modelo que busca cierta accesibilidad y seguridad a la hora de diseñar sus elementos, recurriendo a las necesidades del usuario final y procurando usar un lenguaje universal. Esto entronca fácilmente con el videojuego como producto de entretenimiento y busca perfilar todos sus elementos para aumentar el disfrute. Los temas del juego están supeditados al usuario final, a su propia expresión y a la diversión pura y dura.

La otra tiene la expresión como medio principal y busca el acto creativo para transmitir aspectos de la propia condición humana a través de lo sencillo y lo complejo. A esta no le importa demasiado el riesgo y supedita todos los elementos del juego al tema que quiere tratar pasando por delante de las necesidades del consumidor final. Suele ser una corriente que genera juegos difíciles de acceder pero que proponen experiencias inusuales y enriquecedoras.

A esta última corriente se le suele llamar corriente artística y es la que genera cambios sustanciales en el medio, definiendo el corazón de muchos géneros y obras que amamos hoy en día y suele ser la fundación que los videojuegos de la primera corriente del diseño usa para crear sus obras más accesibles, que son las que acaban ampliando el impacto cultural de las primeras. Así existe una simbiosis entre las dos formas de entender el medio que permiten que sea relevante a la vez que fresco y perdure en el tiempo.

Overwatch es la obra de diseño más pura que conozco en el videojuego. Cada personaje existe para seducir a una parte distinta de los usuarios y la estética es lo suficientemente versátil para unir estos estilos tan variados. El control es agradable, dando al usuario una respuesta gratificante por hacer cualquier cosa, además de ser un título fácil de jugar aunque difícil de dominar. Aquí nada chirría y todo está pensado al milímetro para ofrecer una experiencia divertida y satisfactoria, sin demasiadas pretensiones. El juego está plagado de elementos que tienen en cuenta la psicología del jugador y le dan información adicional sin que él lo sepa. No hay que pensar, la recopilación de información del entorno y la ejecución de comandos es cuasi automática.

Tradicionalmente los juegos multijugador, al basar la experiencia en la interacción entre jugadores, han buscado la corriente del diseño más que la del arte para no ponerse en medio de esta relación. Overwatch es con facilidad el mejor exponente de esto. Se trata de un juego que diseña sus personajes, escenarios e historias del mismo modo que diseña su apartado jugable. Haciéndolos atractivos y fáciles de entender de un solo vistazo, procurando que la experiencia de ver tanto los videos de historia de cada personaje como el juego en movimiento sea un acto tan sencillo como ameno, capturando con facilidad el interés del público. No en vano se ha convertido en el juego que aporta más beneficios a toda la empresa.

Pero aquí no acaba todo, Overwatch también supedita lo estético al servicio de la jugabilidad, haciendo un trabajo con distintos apartados, como el de sonido y el visual, que se aprovecha de pequeños detalles para dar información al jugador sin que lo note. Por ejemplo el ruido que hacen los personajes al moverse permite identificar quien se acerca antes de verle y las frases que dicen varían si las dice un rival o un aliado para facilitar la identificación. Por lo que respecta a la parte visual no hay un solo elemento que sobre, mostrando unos personajes de estética tan sencilla como identificable y una interfaz de usuario que se lee e interpreta al instante.

Encima de todo Overwatch es un juego que no solo demuestra la misión empresarial de Blizzard, el “gameplay first” que está grabado en una placa dentro de sus estudios, sino que valora tanto la accesibilidad como el reto, ofreciendo distintos niveles de exigencia según la implicación de cada jugador.

Overwatch es un juego diseñado para gustar, es la síntesis de muchos estilos de juego competitivos y está dispuesto a sacrificar el riesgo y la autenticidad para agradar. Y esto lo hace tanto para lo bueno como para lo malo. Pero al fin del día es una obra que se centra en lo divertido, en lo visceralmente irresistible y en una identidad clara y definida para cada elemento del juego. Y esto ya resulta remarcable.

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